La construcción del concepto de ciudadanía en Manuel Gómez Morín, 1926-1939.
Objetivo
Identificar Las características del modelo modernizador de Manuel Gómez Morín para descubrir su noción de ciudadanía y el modo en que la construyó frente al maximato y al régimen de Lázaro Cárdenas.
Hipótesis de trabajo.
En opinión de Manuel Gómez Morín la revolución mexicana se apartó de sus propósitos iniciales y avanzó gradualmente hacia prácticas que omitían la participación del ciudadano en asuntos públicos, de modo que, frente a tal situación, genera una noción de ciudadanía propia para la realidad mexicana.
La noción de ciudadanía en Gómez Morín es producto de su peculiar forma de entender la modernización del país como uno de los efectos de la fase constructiva de la revolución, en la que participó activamente.
La propuesta gomezmoriniana se nutrió, desde tiempo atrás de corrientes de pensamiento tales como el arielismo, el pensamiento de Henri Bergson, el humanismo cristiano, y también de ciencias como el derecho y la economía, a la que tuvo oportunidad de acercarse desde 1920, durante una estancia de trabajo en los Estados Unidos de Norteamérica. A partir de entonces, concebiría la modernización política paralela o incluso dependiente de la modernización económica.
La influencia de la situación española en los años treinta, así como el pensamiento hispanista en boga, el catolicismo liberal y el liberalismo español fueron condicionantes para la especial forma de concebir la ciudadanía y la consecuente participación política. En ese sentido las considero como vertientes importantes en la formación del pensamiento de Manuel Gómez Morín.
Para efectos de exposición, la investigación constará de tres partes: En la primera intentaré desarrollar un marco teórico conceptual; en la segunda abordaré los conceptos del marco teórico, relacionándolos con algunas interpretaciones de la revolución mexicana en lo que se denomina su fase constructiva, de manera especifica, de 1920-1939. Finalmente, aplicaré las nociones desarrolladas en las partes anteriores para identificar la forma en la que Manuel Gómez Morín concebía los regímenes emanados de la revolución mexicana, sus actores y, en forma particular, la ciudadanía.
Primera parte: Marco teórico conceptual: modernización, revolución, partido político, ciudadanía.
La modernización, en palabras de Gianfranco Pasquino[1], es “el conjunto de cambios en la esfera política, económica y social que ha caracterizado a los últimos dos siglos”, producto de dos fenómenos, la Revolución francesa y la revolución industrial en Inglaterra.
La modernización, así entendida, implica procesos largos que implican la confección y la institucionalización de valores, de estructuras y de instituciones en el plano político, en el económico y en el societal, es decir, en el estado, en el mercado y en la cultura.
En ocasiones, los procesos de modernización de desenvuelven atendiendo a modelos que permiten identificar similitudes y diferencias en los países que los adoptan, dependiendo del momento en que los desarrollan, de los actores que los detonan y se favorecen con sus resultados, de los tipos de gobiernos y de regímenes que se instituyen, etc.
De esta manera, es posible comparar entre los modelos paradigmáticos y las estrategias que adopta cada país en su intento por ingresar al “mundo moderno”.
a) Modernización política. La modernización en su vertiente política se caracteriza por el desarrollo de la igualdad, la capacidad y la diferenciación.
La primera significa la existencia de derechos de ciudadanía y su ejercicio sistemático dentro de lo que se conoce como un estado de derecho, es decir, de un respeto irrestricto de las leyes.
En correspondencia, la modernidad implica capacidad gubernativa, que quedará demostrada con la estabilidad social. Esta condición se logra cuando las autoridades canalizan correctamente demandas, producen satisfactores y generan e imponen valores de convivencia social.
Finalmente, la diferenciación de estructuras supone “una mayor especificidad funcional y una mayor integración de todas las instituciones y de organizaciones que forman parte de la esfera política”[2].
En su desarrollo histórico, la modernización política ha dependido de cuatro factores: las estructuras y la cultura política tradicionales; el momento histórico en que comienza el proceso; las características del liderazgo a cargo del mismo, y la secuencia en la que se han presentado las crisis de participación, de identidad, de legitimidad, de penetración, de integración y de distribución, propias de todo proceso de modernización.
b) Modernización económica. La modernización de la esfera económica se concibe bajo los aspectos de racionalidad y de eficiencia, es decir, la relación que exista entre medios y fines, necesidades y estrategias; del mismo modo, atiende a tres índices, producto nacional bruto, ingreso percápita y crecimiento de la producción percápita.
Atendiendo a lo anterior, el proceso de modernización de una economía se compone de cinco fases, propuestas por Rostow: a) la sociedad tradicional; b) precondición para el despegue; c) proceso de despegue; d) camino hacia la madurez; e) sociedad de alto consumo masivo.
c) Modernización social. El proceso de modernización en la economía trae aparejados varios fenómenos que se suceden unos a otros, comenzando por la movilidad geográfica, que genera una migración, generalmente del campo a los centros de producción, que pronto se convierten en grandes conglomerados urbanos en donde conviven personas con diferentes aptitudes, ambiciones, costumbres, etc.
Frente a esta realidad, que se origina por un afán económico, aparece la necesidad de la alfabetización, toda vez que los procesos productivos necesitan un mínimo de conocimiento que deben adquirirse por parte de los trabajadores. Casi de forma imperceptible, los trabajadores, tan diferentes, se homologan en capacidades básicas, entre ellas, el acceso a la información, que más tarde incentivará la participación social y política, al tiempo que se genera una nueva migración, ahora no sólo geográfica, sino entre sectores de producción. Los centros poblacionales se homogeneizan y a la vez aparece la posibilidad de la sociedad plural.
Los efectos de la modernización política, así como la económica y la social o cultural, no pueden entenderse aislados. Un cambio, aunque mínimo en cualquiera de estas esferas tendrá repercusiones en las demás. Sin embargo, existen argumentos a favor de la autonomía de cada una de ellas, así como a favor de una dependencia estrecha.
Por cuanto hace a los procesos de modernización política, quienes abogan por su autonomía, intentan establecer los efectos que producen los cambios en las estructuras políticas y la modernización en lo social y lo económico, mientras otros esperan demostrar la dependencia de la esfera política respecto de las otras dos, y algunos teóricos más aseguran que la modernización política es determinante.
Volviendo a la definición mínima de modernización como un proceso de cambios en el campo económico, en el social y en el político, es menester preguntar por el origen de tal mutación, por su desarrollo, sus actores. En fin, por su origen y su destino.
Para determinar los orígenes del conflicto social y establecer sus efectos en la construcción de una sociedad moderna, los científicos sociales proponen comparaciones entre las “revoluciones paradigmáticas” y otros fenómenos.
Desde luego, ante la imposibilidad de repetir un movimiento armado, una hambruna, un estilo de gobierno, etc., las comparaciones descansan en tipos ideales o modelos. En el caso de las revoluciones sociales, Barrington Moore propone tres rutas hacia el mundo moderno.
La primera, que denomina revolución burguesa, está determinada por la revolución francesa, la inglesa y la guerra civil de Norteamérica, que resultan en una combinación entre capitalismo y democracia parlamentaria.
La segunda vía comienza con una tendencia hacia el capitalismo, se desvía hacia el fascismo. Finalmente, el tercer camino es el ejemplificado por las revoluciones china y rusa, que cristalizan en el comunismo.
Las vías hacia el mundo moderno, entendido como democrático (no confundir modernidad y democraticidad) implica, primero, un proceso inacabado para lograr eliminar gobernantes arbitrarios, para sustituir regímenes arbitrarios por otros justos y racionales y para lograr la participación política. Desde luego, las precondiciones de cada país, así como el desarrollo de cada proceso y las estrategias que cada gobierno posrevolucionario adopte, tendrán un impacto único, sin embargo, es posible hacer comparaciones entre naciones que se han desarrollado bajo condiciones cercanas[3].
Con estas herramientas pretendo responder a las siguientes preguntas: ¿Cómo se concibe un ciudadano desde cada una de las teorías o corrientes de pensamiento?, ¿qué características tiene un ciudadano dependiendo del modelo de modernización que un estado adopta?, ¿cuál es el proceso de la formación de la ciudadanía en cada modelo de modernización?
Segunda parte: interpretaciones sobre la Revolución mexicana.
La segunda parte corresponde a interpretaciones sobre el origen y los efectos de la Revolución Mexicana, los gobiernos posrevolucionarios y desde luego los tipos de liderazgos que impulsaron la etapa conocida como fase constructiva de la revolución. Para estos efectos revisaré autores que abordan el fenómeno, y cuyos argumentos se dirigen en tres direcciones. Por un lado, a concebir el fenómeno como una verdadera revolución, cuyos resultados fueron un cambio en las estructuras económicas, societales y políticas, de suerte que durante los gobiernos posrevolucionarios pueden identificarse elementos institucionales y actores nuevos. Afín a esta interpretación es la de Hans Werner Tobler, quien considera a su vez los criterios de Peter Waldmann respecto de los resultados innovadores de una revolución[4]. En este sentido, la revolución mexicana implicaría la inclusión tanto de las élites gobernantes como de amplios sectores de la población en los procesos políticos, así como la creación de un modelo que permita orientar el desarrollo tanto político como económico y social.
Tendencia que interpreta la Revolución mexicana como un intento de transformación que se aleja de los resultados paradigmáticos esperados por un sector de la población. Esta es la idea que comparte Arnaldo Córdova. El autor considera que la revolución mexicana, por sus actores, su desarrollo y sus resultados, dista de ser una revolución social, al estar ausentes de sus resultados las transformaciones en las instituciones políticas y económicas.
Finalmente, aparecen las tendencias que retratan el fenómeno como un proceso largo, susceptible de adoptar cambios tanto en su discurso como en sus estrategias.
La preguntas que intentaré responder son: ¿Cuáles son los efectos del fenómeno conocido como revolución mexicana?, ¿qué modelo de modernización adoptan los gobiernos posrevolucionarios?, ¿pueden considerarse los regímenes posrevolucionarios como un culmen de la revolución, o podría parecer apresurado un juicio de esta naturaleza sobre los periodos del maximato y de Lázaro Cárdenas?, ¿qué tipo de ciudadano generan los gobiernos posrevolucionarios?[5]
Tercera parte: Manuel Gómez Morín y el concepto de ciudadanía.
En la última parte de la investigación abordaré la construcción del concepto de ciudadanía en Manuel Gómez Morín, auxiliándome del contexto internacional y del nacional. Abordar el contexto del personaje será de suma importancia para alcanzar mi objetivo de investigación, ya que me permitirá ubicar actores, tendencias de pensamiento, estrategias políticas y económicas tanto a nivel internacional como nacional.
Dentro del contexto nacional podré situar algunos grupos de personas con los que el personaje estuvo vinculado como abogado corporativo, en su calidad de profesor universitario, en su rol de “constructor de instituciones”[6] bajo el mandato de los presidentes Obregón y Calles y, finalmente, como fundador de un partido político concebido como un cauce para la participación ciudadana y como una escuela de ciudadanía.
Dentro del contexto internacional toman relevancia sucesos como la Primera guerra mundial, la división del mundo en dos bloques económicos que toman forma política, la actividad de la Iglesia católica, etc.
Durante el periodo que abarca la investigación (1926-1938), la interpretación de Manuel Gómez Morín sobre la realidad nacional evoluciona. Si bien tal transformación no es radical, para efectos de sistematizar su estudio, la dividiré en tres subperiodos: 1926-1928; 1929-1933; 1934-1938.
La experiencia del Gómez Morin como funcionario en el gobierno del presidente Álvaro Obregón y las críticas que esgrime contra la gestión de Plutarco Elías Calles, así como su permanente labor en el terreno legislativo y en el diseño y fortalecimiento de instituciones financieras y educativas, permiten observar una enorme preocupación por los procesos de modernización en el país, desviada a causa de la indefinición que suponía adoptar una ideología y dotarla de un discurso desapegado de la realidad.
a) 1926-1928.
A principios de 1927 Gómez Morín, al parecer en medio de una crisis personal y familiar, va a pasar un año a España, en una propiedad de don Benito Martínez, padrino suyo. Durante su estadía mantuvo contacto con José Vasconcelos y con Miguel Palacios Macedo, con quienes mantenía una correspondencia regular. Al parecer la experiencia mexicana y la española, le llevan a redactar un par de ensayos: 1915 y España Fiel, que con el paso del tiempo se han convertido en clásicos para el acercamiento a Manuel Gómez Morín.
Durante su viaje siguió de cerca el desarrollo de la cristiada, pero el suceso que lo conmocionó al grado de dejar testimonios en su archivo personal fue el homicidio de Gómez y Serrano. Frente a estos hechos Gómez Morín se convencía de que la participación política en México no podía prosperar si ante las inequidades del régimen no se presentaba un partido político.
Según algunos estudiosos, frente a la indefinición y a la urgencia de un proyecto de nación, Gómez Morin propuso una interpretación propia de los gobiernos posrevolucionarios con los que había colaborado, que quedan manifiestas en estos textos, así como en El crédito agrícola en México (escrito en 1941). En criterios de Soledad Loaeza, el viaje a España generó en Gómez Morín una atracción hacia las “propuestas de modernización conservadora de la época, asociadas con el pensamiento católico”[7], en especial por la dictadura de Miguel Primo de Rivera (de 1923 a 1930), por su ministro de Hacienda, José Calvo Sotelo y por su proyecto de desarrollo “desde arriba”. Para otros autores, es el momento en que afirma sus coincidencias con José Ortega y Gasset y con Henri Bergson.
b) 1929-1933
La inquietud de fundar un partido político puede observarse en Manuel Gómez Morín desde 1925. En ese año su correspondencia con Miguel Palacios Macedo y con José Vasconcelos deja clara la necesidad de un liderazgo capaz de propiciar lo que Gómez Morín llamaba una “renovación moral”, y que debía acompañarse de un cuerpo doctrinario y de una institucionalización del liderazgo. Pretendía un partido político “moderno”.
Más tarde, durante 1928 y 1929, motivado por el último informe presidencial de Plutarco Elías Calles, en el que invitaba a iniciar el tiempo de los partidos políticos y dejar atrás el de los caudillos, Gómez Morín repitió su idea de la fundación de un partido. Finalmente, tras una confrontación con José Vasconcelos, accedió a apoyarlo en su campaña presidencial. Al término de la misma, ante la salida de Vasconcelos del país, la idea de Gómez Morín, tendría que esperar.
El año de cierre de este subperiodo, 1933 es importante si se considera que es durante este lapso que se desarrolló el debate Caso-Lombardo en torno a la libertad de cátedra en la Universidad Nacional de México, seguido de un conflicto que termina en el breve rectorado de Gómez Morín (un año), durante el cual la institución obtiene su autonomía económica.
El conflicto por la autonomía y la libertad de cátedra se prolonga hasta 1934, año en que escribe La Universidad, su función social y la razón de ser de su autonomía, manifiesto que refleja una enorme influencia de José Ortega y Gasset. La autonomía de la institución se consolida y Gómez Morín abandona la rectoría.
España pasa por la sustitución del general Primo de Rivera, en 1930 y un año más tarde por la instauración de la Segunda República. Es en estos momentos que el pensamiento hispanista, tanto conservador como liberal se pronuncia a favor de la unidad nacional bajo valores como la sociedad jerárquica, el idioma español y el catolicismo. En un principio, un grupo de intelectuales apoya abiertamente el ejercicio republicano, es el caso de Fernando de los Ríos; otros lo hacen a través de sus opiniones, pero sin participar en la administración, como José Ortega y Gasset. Con el tiempo, ante el curso que toman los hechos, algunos de ellos cambian sus ideas.
En México, con el magnicidio del general Álvaro Obregón, la sucesión de Plutarco Elías Calles y la fundación del Partido Nacional Revolucionario, comienza el maximato.
c) 1934-1939.
En 1940 Manuel Gómez Morín hace un Balance de la gestión presidencial de Lázaro Cárdenas, que bien puede ser el punto de partida para una comparación entre los proyectos de ambos personajes. En él denuncia la ausencia de una obra de mejoramiento social, a pesar de que existían las condiciones para lograr una mejor situación económica y monetaria: los medios técnicos, un ambiente pacífico y, sobre todo, el apoyo de los trabajadores. Pero “...por ignorancia culpable, por impreparación primaria, por sectarismo apasionado, por ciega sumisión... a la mafia internacional... sacrificó todas esas evidentes ventajas y abandonó el propósito razonable...”[8]. Sin embargo, parece que la preocupación más grave de Gómez Morín era lo que consideraba el atropello a la dignidad humana, expresado en la negación de sus prerrogativas y de apoyos tanto materiales como morales para su desenvolvimiento pleno. En consecuencia, denunció la manipulación de que fueron víctimas la organizaciones campesinas y obreras por parte del régimen, como una práctica atentatoria a la libertad de autodeterminación de la persona. En el mismo sentido, condenó el colectivismo y lamentó que no se hubiera reconocido el cooperativismo en México como “un medio eficacísimo de renovación social, de estructuración económica de la sociedad sobre nuevas bases más libres y más justas”[9].
Para desarrollar este periodo será necesario revisar conceptos como el sistema político mexicano y el nacionalismo que el desarrolló, estado corporativo, asociacionismo y colectivismo, y tratar de aplicarlos a la realidad mexicana.
Evidentemente, para desarrollar este periodo son indispensables las figuras de Lázaro Cárdenas y de Plutarco Elías Calles, protagonistas de la ruptura que da inicio al Sistema político mexicano tal como se concibió desde 1936 hasta los años noventa, apuntalado por dos pilares: el partido oficial, ya sectorizado en 1930, y la presidencia de la república, y el desarrollo de prácticas corporativistas, clientelares y paternalistas desde la presidencia de la república hacia los sectores sociales representados en el sustituto del partido oficial.
En este periodo cobrará gran relevancia el discurso hispanista que adopta la oposición al régimen cardenista, así como las relaciones diplomáticas que guarda México con España en el trance de la Guerra civil, la instauración de la segunda república y el ascenso del general Francisco Franco al poder.
El discurso hispanista, así como algunas actividades que adopta un sector de la población en México vinculada a éste, han permitido identificar el ideario del Partido Acción Nacional como profranquista, antirrepublicano y conservador. Parte de este argumento se debe a la identificación de estas tendencias con la clase media y con capitalistas, ligados emocionalmente con la causa del hispanismo y confrontado por las mismas razones y por cuestiones de estrategia económica al discurso colectivista y procomunista del régimen cardenista.
También haré una revisión de los diferentes grupos de personas a los que estuvo vinculado Manuel Gómez Morín en el momento fundacional del PAN (1938-1939). Algunos estudiosos presentan al fundador como un católico conservador, otros como profranquista, hay quienes lo ligan a grupos católicos como la Unión Nacional de Estudiantes Católicos y la Acción Católica, o a grupos empresariales, como el Grupo Monterrey, del que era consejero legal.
Lo anterior, desde luego, debe tomarse con cautela. Si bien en su momento el cuerpo doctrinario del PAN aparecía ligado al franquismo, también es cierto que se nutre de un bagaje filosófico que lo rebasa en objetivos y contenidos y lo antecede en edad. Por otra parte, el comunismo de Cárdenas pudo ser más colectivismo que comunismo. La actitud del presidente Cárdenas frente a la situación de la segunda república española y la toma de poder en forma violenta por Franco, justifica la postura diplomática de México frente a España y frente a los hispanistas mexicanos. Éstos, por su parte, lograron conformar un grupo opositor muy nutrido, pero también muy diverso tanto en objetivos como en pensamiento y en estrategias, de modo que la noción de ciudadanía que generó, o a la que se adhirió Manuel Gómez Morín podría ser el producto de una combinación exitosa de muchos elementos anteriores al próximo 1939, año de la fundación del PAN.
El partido significó para Gómez Morin, desde 1925, una herramienta vital en el proceso de institucionalización de México, la vía para formar una conciencia cívica y el vínculo permanente entre el estado y el individuo. En este sentido, hay que recordar el doble liderazgo que da vida al Partido Acción Nacional, y que tiene que ver con la especial forma en que cada uno de los fundadores (Manuel Gómez Morin y Efraín González Luna) asume la participación en actividades políticas, ya que mientras González Luna estaba convencido de la estrecha relación entre moral y política y de la sujeción de la economía a la política, para Manuel Gómez Morin era la economía la actividad determinante en la relación.
[1] Pasquino, Gianfranco. 1997. “Modernización”, en Diccionario de Ciencia Política, Vol II, México, Siglo XXI, p. 988.
[2] Ibidem.
[3] En esta parte pienso incluir los métodos para la comparación que Charles Tilly menciona en su texto: Reinhard Bendix, Theda Scocpol, Stein Rokkan, Barrington Moore. También haré referencia al texto de Bertand Badie
[4] Tobler, Hans Werner. 1994. La revolución mexicana. Transformacipon social y cambio político, 1876-1940, México, Alianza Editorial, pp. 26-27.
[5] Incorporaré teoría de la ciudadanía, el análisis de la democracia actual, por cuanto respecta a la ciudadanía, de las “herencias” que nutren hoy la ciudadanía y la democracia (liberalismo, republicanismo y socialismo). También interpretación de la formación del Sistema Político Mexicano y del sistema de partidos en el siglo XIX e inicios del XX.
[6] La expresión es de Carlos Castillo Peraza. La emplea para titular su texto: Manuel Gómez Morín: Constructor de instituciones, FCE, México.
[7] Loaeza, Soledad. 1997. El Partido Acción Nacional, la larga marcha, México, FCE, p. 456.
[8] AMGM 39/221
[9] Idem.